DOS BOTONES DE MUESTRA
CHISPAZO | Felipe Guerrero Bojórquez
Dos botones de muestra… Desde las entrañas..
En su libro Ni venganza ni perdón, Julio Scherer Ibarra exhibe las llagas purulentas del sexenio de López Obrador. No lo dice cualquiera, lo afirma alguien que vivió y participó de las decisiones en el momento estelar de la Cuarta Transformación.
Lo expuesto en ese libro, abre una rendija hedionda desde el interior del poder y deja ver lo que durante años se negó desde el púlpito, en el sentido de que la corrupción no fue erradicada, sino administrada con un discurso moralizante, manipulador y de control político.
Dos casos que expone Scherer son especialmente reveladores. El primero tiene que ver con la destitución de Irma Eréndira Sandoval de la Secretaría de la Función Pública, cuya razón no fue por relevo natural ni ajuste administrativo, sino consecuencia directa de haber empujado la investigación contra el hijo de Manuel Bartlett por contratos millonarios en plena emergencia sanitaria.
El exconsejero jurídico afirma que «la entonces secretaria buscó que el caso de los ventiladores vendidos al IMSS durante la pandemia de covid-19 avanzara hacia responsabilidades penales. Escribe que “uno de los problemas de corrupción llevó a la salida de la secretaria” y ubica ese conflicto en el expediente vinculado con la empresa del hijo de Bartlett, León Manuel Bartlett Álvarez, quien el 17 de abril del 2020, en plena emergencia sanitaria por el Covid-19, le fue adjudicado un contrato por 31 millones de pesos para la adquisición de ventiladores. Fue la delegación del IMSS en Hidalgo quien lo hizo de manera directa. Lo peor es que buena parte del equipo salió defectuoso. Irma Eréndida planteó entonces llevar el caso al ámbito penal, pero López Obrador se atravesó y prefirió despedir a la funcionaria.
La línea, sugiere el exconsejero jurídico, no fue “llegar hasta donde tope”, sino hasta donde no se incomodara al círculo cercano. La escoba anticorrupción tenía zonas prohibidas y sus escaleras nunca se barrieron de los escalones de arriba hacia abajo, como prometía el mesías a cada rato, al grado de que un día amaneció con el zumbador a todo lo que daba, sacó un pañuelito blanco y decretó que en este país ya se había terminado la corrupción. Como cuando también le entró la ventolera de afirmar, desde la mañanera, que ese día nuestro sistema de salud había amanecido mejor que el de Dinamarca.
El segundo botón de muestra tiene que ver con los señalamientos sobre Jesús Ramírez Cuevas, exvocero presidencial, y sus presuntos vínculos con Sergio Carmona, el Rey del Huachicol, personaje asociado al financiamiento oscuro y al negocio ilegal de combustibles. Scherer afirma que hubo alertas, reportes y nombres sobre la mesa, antes y después de que asesinaran a Carmona. Dice que el entonces responsable de la comunicación presidencial, acercó al hoy occiso al primer círculo del poder y que hasta se lo presentó a Mario Delgado, entonces líder de MORENA y al entonces presidente López Obrador.
Según Scherer, a Jesús Ramírez, actual coordinador de asesores de Claudia Sheinbaum, se le investiga en cortes de Nueva York y Texas por lavado de dinero y financiamiento electoral. ¡Tómala barbón!
Y aquí la pregunta no es solo si estos personajes son desde entonces culpables o inocentes, sino por qué , si la bandera era la limpieza pública, no se abrió una investigación transparente y a fondo como lo pedía la entonces titular de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval. Desde luego, la consigna de AMLO fue cerrar filas, no abrir expedientes, como hasta hoy se hace.
Y un tercer elemento de la locura del poder autoritario, es la reacción visceral, ante esta denuncia, de uno de sus más genuinos representantes de la 4T: Gerardo Fernández Noroña, quien descalificó a Scherer con tono de furia, lo tachó de desleal y traidor, y llegó a sostener que por escribir ese libro debería estar en la cárcel. Así, sin refutar datos, sin debatir hechos. Para el inefable Noroña, lo importante es castigar al mensajero y criminalizar la pluma.
Dos botones de muestra y reacciones de ira ante la denuncia. Datos con pelos y señales que provoca amenazas y no auditorías; Señalamientos cuya respuesta es la intolerancia y no la transparencia. Es aquí cuando el discurso anticorrupción se convierte en propaganda, se vuelve consigna y no política de Estado.
Y el problema no es solo lo que Julio Scherer denuncia. El verdadero problema es que la respuesta no es la preocupación ni la investigación, sino la amenaza para intentar callarlo.
Es que saben bien que todo ha salido de las tripas del poder, desde las entrañas mismas del cochinero.