Por decreto, Cortés jamás pasó por ahí

Por Fred Alvarez Palafox..

Hay días en que la política nacional parece moverse por el puro afán de dar la nota o, para ser más exactos, a golpe de ocurrencias. El mítico Paso de Cortés, allá en las alturas de Amecameca donde se miran el Popo y el Iztaccíhuatl —justo en la frontera del Estado de México y Puebla—, dejará de llamarse así. Y poco importa que, en estricto rigor histórico, haya sido precisamente por esa garganta geográfica por donde cruzó el conquistador y sus huestes hace cinco siglos.

Pero ya sabemos que la verdad histórica le tiene sin cuidado a las autoridades.

Ayer, la C. Presidenta Sheinbaum dictó la instrucción de que esa zona pasará a llamarse «Paso de los Pueblos Indígenas». ¿Y cuál fue el gran argumento detrás del borrón? Que los pobladores originarios caminaron por esos rumbos muchísimo antes de que siquiera se asomaran los españoles.

Y para que no quedara duda del fondo del asunto, remató con una confesión ideológica: «Y sí refleja a quién veneramos y a quién no. Entonces, es una propuesta».

¡Órale!

Bajo esa impecable lógica, si el presidente  Trump se da el lujo de querer bautizar como «Golfo de América» al Golfo de México, ¿por qué nuestra Presidenta no habría de rediseñar el mapa nacional a su antojo? Total..

El detalle es que la historia suele ser más terca que las narrativas oficiales. Como bien apunta Héctor Aguilar Camín en un post, los «pueblos indígenas» simplemente no existían como tal en esa época. Esa etiqueta es una categoría abstracta; un falso intento de agrupar en un solo saco a señoríos que no solo eran radicalmente distintos entre sí, sino adversarios mortales de la dominación mexica.

Hay días en que la política nacional parece moverse por el puro afán de dar la nota o, para ser más exactos, a golpe de ocurrencias.

Y a este tema, la Presidenta decidió dedicarle varios minutos de su mañanera. Desmenucemos sus joyas argumentativas, con todo respeto.

De entrada, nos recetó la ineludible falacia del falso dilema. «Y quien se molesta, pues venera a Hernán Cortés, ¿no?  Esa es su referencia.», declaró.

Sí, en serio lo dijo.

Bajo su lógica, atreverte a cuestionar el borrado de un hito geográfico te convierte, en automático, en presidente del club de fans de Hernán Cortés. O estás incondicionalmente con ellos, o eres un reaccionario colonialista. No hay espacio para los matices.

Hay días en que la política nacional parece moverse por el puro afán de dar la nota o, para ser más exactos, a golpe de ocurrencias.

Luego viene mi joya favorita. Para justificar este repudio a la Conquista, la Presidenta recurre a la máxima autoridad… ¡del Imperio Español! Leyó, muy solemne, un texto de Carlos I de España de 1548. Resulta que la corona que orquestó el sometimiento de Mesoamérica es ahora la fuente moral de la Cuarta Transformación. Un salto triple mortal en la gimnasia histórica.

Y claro, llegamos al bello arte de gobernar por ocurrencia. En pleno acto, en vivo y a todo color, la Presidenta confesó cómo funciona la maquinaria: “Le pedí a Luisa María que viera cómo… dónde tiene que escribirse eso, si es una propuesta, en qué ley tendría que aprobarse”.

O sea, primero  lanza el decreto redentor desde el atril y ya luego le pasamos la bolita a Gobernación para que le busque acomodo legal al capricho. El decreto como estado de ánimo.

¡Qué chingón!

Remató la C. Presidenta con un descubrimiento geográfico sin precedentes: «antes por ahí pasaban los indígenas».

¡Pues claro, Presidenta! Caminaban por sus tierras.

Pero esa garganta quedó marcada en la historia universal porque por ahí desfiló un ejército extranjero rumbo a Tenochtitlan. Es como querer cambiarle el nombre al Estrecho de Bering por «El Paso del Frío».

Al final, presumen con orgullo cómo rebautizaron el Árbol de la Noche Triste como la «Noche de la Victoria», la calle Puente de Alvarado como calzada «México-Tenochtitlan», y al mismísimo Zócalo le colgaron el apellido «Tenochtitlan»; todo esto, afirman, «en un reconocimiento de la historia».

Pero borrar al Paso de Cortés o cambiar placas de lámina en las esquinas no cambia el pasado. Lo suyo es, con todo el respeto que merecen, pura censura cosmética: esconder bajo la alfombra de la demagogia los nombres que incomodan, para entregarnos una historia oficial apta para todo público, simplificada, pasteurizada y lista para consumirse en cápsulas mañaneras.

Cómo nos hacen falta las plumas de Renato Leduc y Carlos Monsiváis para retratar todo esto.

Para la historia inmediata.

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