DESCONTENTO MILITAR EN LA CÚPULA Y EN LA TROPA CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez

DESCONTENTO MILITAR EN LA CÚPULA Y EN LA TROPA
CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez

El descontento militar de alto rango, visible sobre todo en algunas regiones a las que se despliega la tropa, no solo está relacionado con la continuidad, en el fondo, del modelo obradorista de “abrazos, no balazos”, sino también con el esquema empresarial endosado y el trato indigno e inhumano que reciben los soldados.
El Ejército es una institución central del Estado mexicano: garante de la seguridad nacional y la estabilidad de la República. En nuestro país se caracteriza por ser la institución con mayor credibilidad, por su disciplina y obediencia a la autoridad civil, en este caso, a la presidente Claudia Sheinbaum, Comandante Suprema de las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, durante el periodo de la llamada Cuarta Transformación, a las Fuerzas Armadas se les impuso tareas ajenas a su estricta función constitucional. A sus altos mandos se les desvió en objetivos que reducen su atención para lograr la seguridad nacional y la paz que urgentemente requiere el país. Les asignaron labores que nada tienen que ver con su función militar, al meter a la institución en la creación de empresas para construir y administrar proyectos gubernamentales. Por cierto, en donde la tropa ha sido utilizada como mano de obra, una tarea que no le corresponde. Una cosa es la mano de obra militar en operaciones de seguridad y Protección Civil y otra muy distinta obligarlos a trabajar para empresas del Estado.
El Ejército administra empresas aeroportuarias, ferroviarias y turísticas, mientras una parte importante de su presupuesto se destina a cubrir los costos de operación, pues las ganancias de varios de esos proyectos se obtendrían —si es que llegan— dentro de 25 años.
Pero eso no es todo. Lo verdaderamente preocupante es que el alto mando civil parezca desentenderse de la tropa y que la cúpula militar limite su actuación frente al crimen organizado.
¿La razón? La inteligencia militar presuntamente conoce el entramado de políticos de alto nivel que mantienen negocios y pactos con grupos criminales, cuyos líderes se han vuelto intocables.
Al Ejército se le dificulta combatir al crimen organizado porque, dentro de los círculos más influyentes del poder civil, se encuentran sus verdaderos adversarios: los llamados narcopolíticos, vinculados a grupos criminales con los que han compartido el poder en distintas regiones.
De ahí el enojo en los mandos militares. A pesar de las pruebas que, según diversas versiones, se han presentado contra delincuentes de cuello blanco, entre ellos, presuntamente, los hijos de López Obrador y algunos de sus amigos, la Fiscalía General de la República, la Secretaría de Gobernación y la propia Presidencia preferirían protegerlos por afinidad partidista y para evitar un mayor desgaste de la llamada Cuarta Transformación.

TAMBIÉN EN LA TROPA HAY DESCONTENTO
La situación de los elementos de la policía federal bajo el mando de Omar García Harfuch, conocidos coloquialmente como “la policía de Harfuch”, no es comparable con la de los soldados de base. Mientras los primeros se hospedan en hoteles con aire acondicionado, los militares duermen donde los sorprende la noche, a ras de suelo, sin bañarse, con la misma ropa y sin instalaciones adecuadas para sus necesidades fisiológicas. Y esto, por ejemplo, está pasando ahora en Mazatlán.
El descontento aumenta porque los incrementos salariales, como ocurre con los ingresos de muchos trabajadores del país, se han pulverizado. Con ese dinero deben comprar alimentos y enviar lo poco que les queda a sus familias.
En distintos puntos del puerto, se les ve salir de tiendas de abarrotes y fruterías, o comprar comida en la calle para después buscar una sombra donde alimentarse. Los soldados, base de la seguridad nacional, no merecen ese trato.
Un Ejército desvelado, cansado y hambriento no está en condiciones óptimas para combatir ni disuadir al crimen.
En el caso de México, esta situación también obliga a preguntar qué ocurre con uno de los presupuestos más altos del país: la Secretaría de la Defensa Nacional recibió este año poco más de 170 mil millones de pesos y, en 2027, la cifra alcanzaría los 185 mil 706 millones.
Debe decirse con claridad: buena parte de esos recursos no se destina a la tropa ni a la adquisición del equipo necesario para combatir al crimen, sino a las empresas que López Obrador endilgó al Ejército y que heredó Claudia Sheinbaum. Mientras, la base militar y los propios mandos superiores pagan las consecuencias.
La presidente no termina de enfrentar los problemas derivados de esos proyectos, entre ellos el descarrilamiento de trenes y las irregularidades que se han señalado en su construcción. En algunos casos, incluso se ha acusado a los hijos del expresidente de haber intervenido y beneficiado a sus amigos, entre ellos al reteseñalado Amilcar Olán. No cabe duda, esos retoños salieron más largos que el Tren Maya. Con razón: son durmientes y vagones.
Mientras, el Ejército aún soporta las arbitrariedades y corruptelas del poder civil. ¡Cuidado porque el horno no está para bollos!

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