Fue una noche de gritos, abucheos, de show y de cosas peores, como diría Catón.
Por Fred Alvarez Palafox…
La velada del 15 de septiembre prometía el fervor cívico habitual, pero los balcones gubernamentales de este año se transformaron en un teatro del absurdo, un espectáculo donde el guion tradicional chocó de frente con el escrutinio popular.
El afán por reescribir el panteón de los héroes nacionales comenzó desde el balcón principal. A diferencia de su primer Grito en 2025, la presidenta Sheinbaum modificó las arengas y aplicó su propio filtro a la memoria oficial. Ignacio Allende, pieza que comúnmente es inamovible en el libreto, quedó fuera; también omitió a la capitana insurgente Manuela Molina, «La Jefa», a quien apenas el año pasado había vitoreado. En su lugar, el eco del Zócalo nombró a Antonia Nava, «La Generala», y al primer presidente de México, Guadalupe Victoria.
Además, la C. Presidenta se mantuvo firme en su decisión de llamar a la Corregidora por su nombre de cuna: Josefa Ortiz Téllez-Girón, desterrando el tradicional «de Domínguez» bajo la premisa de reivindicar la autonomía y la identidad propia de las mujeres en nuestra historia.
Pero si en la capital el ajuste buscaba desempolvar próceres olvidados, en los estados el guion simplemente se desbordó. Varios mandatarios locales decidieron que la Cuarta Transformación y la propia titular del Ejecutivo merecían ya un lugar junto a Hidalgo y Morelos. El público, sin embargo, tenía otros planes para sus cuerdas vocales.
La inclusión de figuras políticas contemporáneas en los vítores desató una participación ciudadana bastante alejada del júbilo. En Puebla, la mención de la presidenta se topó con un coro de rechiflas y sonoros recordatorios maternos, eclipsando el justo intento inicial de honrar a las madres buscadoras.
El eco de la desaprobación viajó sin fronteras. En Oaxaca y en Poza Rica, Veracruz, las alcaldesas que modificaron el protocolo para lanzar vivas a Sheinbaum fueron recibidas con abucheos inmediatos. Al parecer, la plaza pública aún guarda una celosa distinción entre los insurgentes independentistas y las jefaturas en turno.
Más allá de los tropiezos de protocolo, la cruda realidad del país se coló por las rendijas de la celebración. En Morelos, la gobernadora Margarita González fue opacada por los gritos de «¡Fuera, fuera!», un reclamo directo por la crisis de inseguridad y el feminicidio de la española Claudia Tacoronte, tragedias que dejaron sin oxígeno al festejo.
Por su parte, Sinaloa estrenó gobernadora bajo la sombra del miedo y la apatía. La crisis estatal se midió en el aforo: apenas unas escasas tres mil almas se congregaron, dejando claro que en la calle no hay humor para verbenas ni temple para aplausos. El desinterés genuino fue tal que el evento solo logró sostenerse mediante la imposición, obligando a los empleados del Estado a hacer bulto en una plaza vacía de fervor.
Pero si de sortear el descontento se trata, el galardón a la innovación se lo llevó Baja California.
La gobernadora Marina del Pilar protagonizó un curioso fenómeno acústico: ante un público captado en video en estado de absoluta inercia, el sonido local emitió entusiastas «¡vivas!» por partida doble tras cada arenga. Las redes señalaron de inmediato el uso de audios pregrabados para enmascarar el silencio o anestesiar posibles abucheos. Ante la evidencia, la explicación oficial apostó por la ciencia, argumentando que todo se trató de un simple delay técnico en el sistema de sonido. Nunca antes un eco había sido tan preventivo.
Para coronar la pasarela cívica, el alcalde de Elota, Sinaloa, Richard Millán (en la imagen), decidió que la sobriedad republicana es un concepto obsoleto.
Enfundado en un traje negro con bordados blancos, vistosas charreteras plateadas y hasta una capa, el edil ofreció su mensaje patrio luciendo como un emperador de opereta frente a un espejo dorado. Ante las críticas en redes sociales por priorizar el cosplay monárquico en medio del tenso clima de violencia que vive su estado, la respuesta del alcalde fue desarmante: vestirse de esa manera simplemente lo hace «feliz».
Al final de la jornada, el verdadero grito de esta conmemoración no salió de los micrófonos oficiales, sino del hartazgo a ras de piso. Esta edición nos deja una postal nítida de la distancia abismal que separa al balcón de la plaza.
Allá arriba, una clase política empachada de sí misma, ansiosa por encumbrarse prematuramente en la historia de bronce, forzando vítores de utilería y vistiendo egos imperiales; acá abajo, un país dolido, de carne y hueso, que sangra por la violencia y que ya no tiene paciencia para aplaudirle la farsa a nadie.
Para la historia inmediata, si los próceres que tanto invocaron pudieran ver el espectáculo completo —entre audios pregrabados, disfraces imperiales y aplausos obligados frente al dolor de un país—, seguramente suspirarían a ritmo de tango al estilo Discépolo..: ¡qué falta de respeto, qué atropello a la razón!