La justicia no tiene madre… neta; gracias Caifanes.
Esa frase nos atraviesa y resume lo que se respiró la noche del 11 de julio bajo el cielo del Estadio GNP en nuestra Ciudad de México. Frente a más de 65 mil personas, Caifanes no se limitó a ofrecer un concierto; ofició una verdadera catarsis colectiva en un país experto en barrer sus tragedias bajo la alfombra. Fue un golpe de realidad, un espejo frontal de las heridas abiertas que este México, desde sus cómodas cúpulas de poder, se empeña en ignorar.











