Los británicos lloran en el Palacio de Buckingham la muerte de su “abuelo”, Felipe de Edimburgo.

  • Memorable, entre otras cosas, por sus declaraciones irreverentes.

La muerte del príncipe Felipe de Edimburgo, consorte de la reina Isabel II de Inglaterra, dejó este viernes sin su “abuelo” a buena parte de los británicos, que se congregaron a las puertas del palacio de Buckingham entre algunos llantos y muchos ramos de flores.

Es el ejemplo del británico Dominic Moore, que llevó en su mano unas flores azules y, que, entre lágrimas, verbalizó para EFE sus sentimientos de empatía hacia la monarca. “No puedo imaginar cómo de duro debe ser perder a la persona con la que has vivido 73 años de tu vida”, afirmó.

El duque de Edimburgo, nacido en Grecia, acompañó durante más de siete décadas a la reina Isabel II en una “vida de servicio” a su nación adoptiva, algo que los británicos valoran gratamente, como indican muchas de los dibujos y tarjetas depositadas en la verja principal del palacio de Buckingham.

“De un trabajador público a otro, gracias por su servicio y devoción por este país, nuestra reina y nuestras tropas”, indicaba una de ellas.

“Cercano al pueblo”

En el palacio la bandera de la Union Jack ondeaba a media asta, pero algunos como el joven de 20 años Dominic Taylor, viajaron ex profeso una hora desde Exeter (suroeste de Inglaterra) hasta Londres con la suya propia, que depositó simbólicamente en la entrada principal de la residencia real británica.

Taylor, que se define como “monárquico”, comentó a EFE que, del mismo modo, se acercaría posteriormente al castillo de Windsor, porque considera que no existirá una figura en las monarquías mundiales “más cercana” que la del fallecido duque de Edimburgo, que conocía los problemas que preocupaban a la sociedad.

Cuando había un problema que afectaba a las generaciones jóvenes, como la salud mental, el cambio climático o cualquier otro problema global, él lo entendía, realmente se preocupaba por la gente”, aseguró Taylor.

Felipe también conquistó a algunos que, como él, no son británicos de nacimiento. Es el caso de Gianni De Capitani, un italiano de 58 años que lleva en Reino Unido desde que cumplió la mayoría de edad, y que cuenta a Efe que siente que es “como si hubiese perdido a su abuelo”.

Una fecha señalada

Ese sentimiento es más ferviente si cabe tras más de un año de pandemia, que se ha llevado consigo a decenas de miles de abuelos en Reino Unido; pero también en un día que ya estaba marcado en la historia de la Casa de los Windsor.

De Capitani, que “amaba” a la princesa Diana, recordó que el 9 de abril ya era un día “importante”, pues en esta fecha también se cumplen 16 años del aniversario de la boda del heredero de la Corona e hijo mayor de Felipe, Carlos de Gales, con Camila, duquesa de Cornualles.

Otros, como Álvaro Salgado y Fernando Rejón, estudiantes españoles en Londres, fueron a Buckingham “a cotillear” el ambiente, y admitieron conocer la historia del consorte de la reina gracias a la serie de Netflix “The Crown“.

En este sentido, Rejón, que cursa Ciencias Políticas en la University College of London (UCL), expresó a EFE que le llamaron la atención las diferencias entre la monarquía española y la británica, que, a su juicio, “goza de un apoyo transversal” dentro de la sociedad y es mucho más “moderna” y “abierta” que la primera

El duque de Edimburgo falleció a la edad de 99 años, apenas unos meses antes de alcanzar el siglo de vida. Una pérdida simbólica para un país ya golpeado por la pandemia, que ha oscurecido las vidas de muchos británicos en este soleado viernes de abril.

Los memorables, y sonrojantes, deslices verbales del príncipe Felipe

Los comentarios públicos políticamente incorrectos, y a veces sonrojantes, realizados por el príncipe Felipe durante su longeva vida dan para una abultada antología de “meteduras de pata” para el recuerdo.

Profusamente documentadas, las controvertidas e inesperadas observaciones que el duque de Edimburgo realizó a diestro y siniestro en todo tipo de actos durante décadas pusieron a veces en aprietos a la monarquía británica, escrupulosa con los asuntos de protocolo, mientras la prensa sensacionalista se frotaba las manos.

Ajeno a la estupefacción que generaban sus temidas salidas de tono, las “perlas” sin filtro que regalaba el consorte de Isabel II conseguían dejar sin habla a interlocutores anonadados a la vez que otros se mordían la lengua para no estallar en carcajadas

Algo así le sucedió a un joven estudiante británico en China durante una distendida charla con el príncipe, entonces de visita en ese país en 1986: “Si te quedas aquí mucho más tiempo -le advirtió- te volverás a casa con los ojos entrecerrados”.

Diametralmente opuesto a la rectitud y discreción de la reina, el duque tampoco se cortó un pelo cuando, en 1967, confesó que “le encantaría ir a Rusia, pero -añadió- esos bastardos han asesinado a la mitad de mi familia”.

Las declaraciones del esposo de la soberana británica versaron muchas veces en torno a las diferencias culturales entre países, bordeando a menudo en lo socialmente inaceptable

En 1998, preguntó a un viajero que hacía escalada en Papúa Nueva Guinea si se las había apañado para “que no le devoraran” los lugareños -aludiendo a prácticas de canibalismo- y en otra ocasión se dirigió al líder de los aborígenes australianos, William Brin, en Queensland (Australia), para plantearle si “todavía se seguían lanzando jabalinas unos a otros”.

¿Sentido del humor particular o falta de tacto?

Otras de sus ocurrencias se refirieron a personas con discapacidad: “¿Sordos? Si se ponen cerca de ahí (apuntando a una banda de música caribeña que tocaba el tambor), no me extraña que estén sordos”, soltó a bocajarro el marido de Isabel II en alusión a un grupo de niños con sordera.

A un hombre que se desplazaba con una moto adaptada para personas con minusvalía le preguntó en tono jocoso “a cuánta gente había atropellado esta mañana con esa cosa”

Entre el reguero de frases impactantes figura su recordada afirmación de que “las mujeres británicas no saben cocinar” durante un acto celebrado, irónicamente, en el Instituto de la Mujer de Escocia.

Pero además abordó a una ciudadana keniana para averiguar su género ante el pasmo de los presentes: “Tú eres una mujer, ¿verdad?”, le preguntó sin ningún pudor.

En el transcurso de un evento celebrado en el Reino Unido mientras admiraba una tela de tartán confeccionada para el papa, se dirigió a la entonces líder del Partido Conservador escocés, Annabel Goldie, para preguntarle si “tenía bragas fabricadas con ese material”.

Nadie se salva

A los jóvenes los llamó “ignorantes”; llegó a sugerir a un adolescente de 13 años -que previamente le había confesado su deseo de convertirse en astronauta- que “perdiera peso” y bromeó en voz alta durante un encuentro con el Club juvenil de Bangladesh con que uno de sus miembros -un niño de 14 años- “tenía pinta de drogarse”.

El elenco de improperios no tiene desperdicio y alcanza a sectores como el turismo, al opinar que el problema de Londres son los turistas: “Si pudiéramos parar el turismo, evitaríamos la congestión”, razonó en un acto en el ayuntamiento hace 19 años.

También quiso saber “de qué exótica parte del mundo procedía” un diputado tory, que le ofreció una inesperada respuesta: “Birmingham”

En otra visita a un hospital caribeño, bromeó con una matrona a quien comentó que si ellos tenían que lidiar con los “mosquitos”, los británicos, a cambio, tenían a “la prensa”.

Memorables ejemplos se extraen, precisamente, de sus habituales encuentros con los medios de comunicación.

En 2006, el duque tildó de “pregunta idiota” la intervención de una periodista de la cadena BBC que quiso saber si la reina había disfrutado de una estancia en París.

También escandalizó en ocasiones al común de los mortales. “¿Son todos de la misma familia?”, les dijo a un grupo de danza multiétnico; y sobre una obra de arte etíope “primitivo” destacó que parecía una “manualidad” como las que le traía su hija de la escuela.

En su momento provocó estupor cuando, en 1992, confesó “con toda franqueza” que hubiera preferido haber continuado “en la Marina” (donde sirvió durante la II Guerra Mundial), al ser preguntado por su “papel” dentro de la familia real británica

Pero sus incorrecciones públicas tampoco han tenido piedad con famosos o políticos.

Sobre una actuación del veterano músico británico Elton John, el príncipe comentó, al parecer, que “ojalá le hubieran apagado el micrófono” y dejó a todos sin habla al abordar al presidente de Nigeria para comentarle que parecía que “estaba listo para irse a dormir” al referirse al atuendo tradicional que vestía entonces el político africano en un acto de 2003