Medio siglo sembrando fe: el Padre Manuel Carrasco celebra 50 años de sacerdocio
MAZATLÁN.-Rodeado del cariño de su comunidad, entre abrazos, recuerdos y lágrimas de gratitud, el padre Manuel Carrasco Salazar celebró 50 años de ministerio sacerdotal, una vida entregada a servir, acompañar y edificar esperanza.
La celebración reunió al obispo de la Diócesis de Mazatlán, Mario Espinoza Contreras; al arzobispo de Tlalnepantla, José Antonio Fernández Hurtado; así como a sacerdotes amigos provenientes de Durango y Mazatlán, familiares que viajaron desde Chicago, Durango y distintos puntos de México, y, por supuesto, la feligresía que ha caminado con él durante décadas.
Visiblemente conmovido, el padre Carrasco dirigió un mensaje lleno de memoria y gratitud:
“Es un momento muy emotivo recordar a los seres queridos. Mis padres tuvieron poco tiempo para disfrutar de este hijo como sacerdote. Yo les doy gracias a mis hermanos por lo que hacen por mí, por lo que he tratado de ser yo para ustedes; si no lo he logrado, por lo menos me he esforzado por ser un sacerdote digno para ustedes”, expresó.
Un llamado que nació en Durango
Todo comenzó el 3 de agosto de 1949 en El Jagüey, municipio de Santiago Papasquiaro, Durango.
En el seno de un hogar cristiano, formado por Don Camilo Carrasco y la señora Epifanía Salazar, nació Manuel, el sexto de siete hermanos.
Desde joven, una inquietud distinta comenzó a crecer en su corazón.
En 1963, con apenas 14 años, ingresó al Seminario Conciliar de Durango, donde estudió cinco años de latín, equivalentes a secundaria y preparatoria; posteriormente cursó Filosofía y hasta el segundo año de Teología.
La Providencia lo condujo después a tierras sinaloenses. Fue admitido a las órdenes sagradas en la Diócesis de Mazatlán y, en el Seminario de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, cursó su tercer año de Teología, recibiendo el orden del diaconado el 24 de diciembre de 1974.
El 22 de febrero de 1976, en la festividad de la Cátedra de San Pedro, fue ordenado presbítero por imposición de manos del entonces obispo de Mazatlán, Miguel García Franco, en la parroquia de San Santiago, en su tierra natal. Cerraba así un círculo de fe en el mismo lugar que lo vio nacer, sin imaginar cuántas vidas tocaría con su ministerio.
Constructor de templos… y de vidas
Su primer destino fue la comunidad de San Francisco de Asís, en Escuinapa, donde sirvió casi cinco años. Posteriormente fue trasladado a la comunidad de Santa María del Mar, donde además fue maestro de latín durante casi seis años en el Seminario de la Diócesis.
Ahí comenzó celebrando la Eucaristía en una humilde capilla de palitos. Con el mismo fervor con el que predicaba, se convirtió también en constructor: levantó una capilla de material y proyectó el templo que hoy cobija a la comunidad.
Pero su obra más profunda no fue de ladrillo, sino humana. Rescató a jóvenes de los vicios, los impulsó al servicio y sembró en ellos un nuevo sentido de vida.
En nombre de la comunidad, un feligrés expresó:
“Usted no solo llegó a una comunidad, usted la edificó. De aquella capilla sencilla, usted proyectó y construyó el hermoso templo que hoy nos cobija. Un detalle que guardamos con especial devoción es que la imagen de María Santísima, en su advocación del Mar, fue tomada por usted mismo en una visita que hizo a Barcelona, España, para que fuera ella quien cuidara a este pueblo de pescadores y familias que tanto lo quieren”.
Un “por mientras” que se volvió eternidad
Hay una anécdota que hoy provoca sonrisas y resume su espíritu de obediencia. Cuando el obispo Miguel García Franco le encomendó hacerse cargo de Santa María del Mar, la instrucción fue clara: sería párroco “por mientras”.
Lo que nadie precisó fue cuánto duraría ese “por mientras”.
Han pasado ya 45 años y tres obispos. Y aquel encargo temporal se convirtió en una historia de fidelidad y permanencia.
Como él mismo suele decir con picardía, el obispo nunca aclaró si ese “por mientras” era hasta que muriera o hasta que el mar se secara.
Lo cierto es que, en esas más de cuatro décadas, el padre Manuel no solo se quedó: echó raíces profundas en el corazón de su pueblo.
Vocaciones que nacieron de su ejemplo
Entre los momentos más emotivos de la celebración estuvo el mensaje del padre Antonio Guerra Bandilla, quien llegó al templo a los ocho años como monaguillo y, guiado por el padre Carrasco, alcanzó el sacerdocio.
“Cuando me enviaron a estudiar a Nuevo León, tenía sentimientos encontrados porque no quería irme de Mazatlán, y usted me dijo: ‘No te rajes, esto vale la pena y vale la vida’. Felices 50 años, que vengan otros 50; no se raje”, señaló.
Cincuenta años después de aquella ordenación, el padre Manuel Carrasco Salazar no solo celebra una fecha: celebra una vida que ha sido puente, refugio y esperanza.