Oliver Velasco*
La relación entre México y su vecino del norte nunca ha sido de igualdad y respeto mutuo. Desde el siglo XIX y la expansión del territorio de los Estados Unidos hacia el oeste con la consecuente apropiación de los otrora estados mexicanos sea por guerra o por venta ha marcado el nacionalismo mexicano con un sentimiento de desesperanza y recelo. Y el estadounidense con una sensación de supremacía. Así, las intervenciones del país del norte en nuestro territorio no han sido pocas y podemos contar grandes episodios donde incluso figuras naciones veneradas como heroicas como, Benito Juárez o Álvaro Obregón, cedieron grandes porciones de soberanía al vecino país, algunas reclamadas y otras no; como el tratado McLane-Ocampo, firmado por Melchor Ocampo y abalado por Benito Juárez para ceder el istmo de Tehuantepec a perpetuidad, a cambio de armas para ganar la guerra al General Miramón.
Por su parte, México puede contar las escasas incursiones casi pandilleriles del General Francisco Villa durante la revolución, la más famosa en Columbus, Nuevo México en 1916. Sin embargo, no puede haber punto de comparación entre las formas en que un país influye sobre otro en sus asuntos políticos internos, en general México, nunca ha intervenido sobre las políticas de su vecino, mientras que Estados Unidos ha llegado al grado de poner presidentes, Victoriano Huerta es el caso más sonado. Se podría decir que una forma de validar la republica siempre ha sido con la aprobación de nuestro vecino del norte. Por ello en los años 40s, después de la expropiación petrolera, México fue cerrándose poco a poca a la relación con nuestro vecino y permaneció así prácticamente por 30 años, las políticas incluso se oponían a los intereses de nuestro vecino, por ejemplo; con el mantenimiento de las relaciones con el régimen cubano y el voto en la ONU respecto al bloqueo económico a dicho país.

Con la apertura un tanto forzada de México al comercio exterior y teniendo a un lado al principal mercado de consumo del mundo, nuestro país fue introducida a una política de dependencia económica de las inversiones y el consumo del país vecino. Para ellos es más económico invertir en una generación de políticos favorables a sus políticas, que mantener relaciones de discordia, bloqueos, invasiones y ocupaciones, como le está costando con muchos otros países. Afortunadamente la idiosincrasia de los mexicanos ha ayudado mucho a ese propósito. Los estadounidenses ya no tienen que mostrar el musculo frente a los vecinos del sur, simplemente tienen que mostrarse como un objeto de deseo, una aspiración a la que deseamos llegar mediante la imitación y el consejo.
Desde 1994 con la firma del TLC México se ha sometido a los consejos de nuestros vecinos y ellos han aprovechado su posición privilegiada para intervenir de distintas maneras en las políticas internas y externas del país. Huelga recordad el ya clásico: “Comes y te vas” de Vicente Fox, que por primera vez dio la espalda a la política exterior que había caracterizado a nuestra nación. El operativo “rápido y furioso”, y la tibia respuesta del gobierno mexicano al mismo, mientras seguía colaborando con las peticiones que desde la DEA y otras agencias norteamericanas se les exigen a las instituciones nacionales, es la muestra del sometimiento de la política de seguridad interna al gobierno extranjero. Pero esto no solo fue en aquellos sexenios, actualmente México destina su recién creada guardia nacional a tareas de contención de la inmigración ilegal al país del norte, por petición del gobierno de los estados unidos, sin ninguna retaliación o exigencia desde nuestro lado.
Donald Trump ha sabido leer perfectamente esta situación histórica y ha ido más allá, tanto con Enrique Peña Nieto, como a Andrés Manuel López Obrador ha sido capaz de utilizarlos para sus propósitos electorales, aprovechándose de las malas lecturas de los gobernantes nacionales respecto a las coyunturas particulares. En su momento Peña Nieto admitió que fue muy apresurado al haber invitado al entonces candidato Donald Trump, vislumbrando su elección en 2016, si bien sabía que probablemente el candidato republicano seria el ganador de la contienda electoral de su país, no fue capaz de leer que al haberlo invitado, dicho candidato podría fustigar contra el gobierno mexicano para fortalecer su base de votantes antinmigrantes y racistas.
Esta vez la situación podría ser aún peor, porque aunque Andrés Manuel quede bien con Trump, este utilizara su visita para hacer ver que tiene a México sometido a la voluntad norteamericana, desprestigiando al gobierno nacional. Y al mismo tiempo, cabe la posibilidad que Trump pierda la reelección ante el candidato demócrata Joe Biden, lo cual significaría la molestia de los demócratas que fueron quienes en su momento impidieron la caída del tratado de libre comercio del cual ahora nuestra economía depende. Por lo que de cualquiera de las dos formas, la visita de AMLO a Washington no parece ser en estos momentos la mejor decisión que se haya tomado en este gobierno. Esperemos los resultados para poder emitir un juicio, pero por el momento las perspectivas no parecen alentadoras en esta decisión desde el ejecutivo.
*Profesor de la Universidad Autónoma de Sinaloa en la Facultad de Ciencias Sociales en las licenciaturas de economía y sociología. Licenciado en filosofía maestro en estudios filosóficos por la Universidad de Guadalajara, maestro en gestión pública aplicada por el Tecnológico de Monterrey campus Guadalajara. Actualmente doctorante en la Universidad Autónoma de Nayarit/ Integrante de Unidad Democrática Sinaloa.