Por Fred Álvarez Palafox
Esa frase nos atraviesa y resume lo que se respiró la noche del 11 de julio bajo el cielo del Estadio GNP en nuestra Ciudad de México. Frente a más de 65 mil personas, Caifanes no se limitó a ofrecer un concierto; ofició una verdadera catarsis colectiva en un país experto en barrer sus tragedias bajo la alfombra. Fue un golpe de realidad, un espejo frontal de las heridas abiertas que este México, desde sus cómodas cúpulas de poder, se empeña en ignorar.
Abrieron el ritual con “Aquí no es así”, un tema que cobró una irónica y nueva dimensión al convertirse en el himno no oficial del Tricolor para aquel partido contra Inglaterra en este Mundial 2026. Como un homenaje a esa pasión, la banda salió al escenario portando las camisetas oficiales de la Selección Mexicana. En respuesta, el público transformó el recinto en un inmenso mar de luces verdes, coreando cada estrofa con una emoción que hacía vibrar el concreto.
Después, el aire del estadio se volvió denso. Nos apretó la garganta a todos instantes antes de que sonaran los primeros acordes de “Antes de que nos olviden”. Gracias al registro puntual de reporteros como César González en El Universal, conservamos las palabras exactas con las que Saúl Hernández lanzó una verdad punzante, de esas que deberían sonrojar a cualquier funcionario —si es que aún les queda capacidad de sonrojo—. Con la voz cargada de indignación y empatía, el vocalista abrazó desde el micrófono a quienes escarban la tierra:
«Por tu lucha, mamá, papá, por buscar a tus seres queridos».
Esa canción fue para esas mujeres y hombres que, con la pala en una mano y el alma destrozada en la otra, hacen la labor que el Estado, en su infinita miopía, decidió abandonar. Ellos son quienes exponen la injusticia, la soledad y el dolor de un país sembrado de ausencias. Mientras las pantallas proyectaban imágenes de las movilizaciones, 65 mil voces coreaban un reclamo transformado en un doloroso pase de lista.
Y es que la música parece haber recogido el megáfono que la clase política soltó por andar en campaña permanente. Hace unos días, presenciamos una estampa hermana cuando Rubén Albarrán, vocalista de Café Tacvba, se plantó en la Glorieta de las y los Desaparecidos. Caminando codo a codo con un colectivo de buscadoras, adaptó el «Cielito Lindo» para exigir justicia. Albarrán marchó con ellas, dio un mensaje de solidaridad y visibilizó a plena luz del día la misma crisis que Caifanes proyectó en la oscuridad de la noche.
Los rostros de la memoria
La herida de México también tuvo su espacio, crudo y necesario. La dedicatoria previa a “Viaje astral” se erigió como un manifiesto urgente contra la violencia machista. Saúl no se guardó nada:
«La siguiente canción se escribió para ti, mujer, por muchas razones que desconocemos, pero otras no tanto, como tu lucha contra el feminicidio, por ejemplo; tú luchas por la igualdad de género».
Y remató con una sentencia que deberíamos tatuarnos todos: «Por ti, mujer, que nos enseñaste que necesitamos: más hombres y menos machos». El tributo fue un agradecimiento total a la raíz, nombrando a la madre, a la hija, a la esposa y a la niña por enseñar un camino de justicia y evolución.
En medio del eco de esas palabras, las pantallas nos devolvieron la mirada de mujeres inmensas: Rosario Castellanos, Pita Amor, Leonora Carrington, Elena Garro. Mujeres de letras, de lucha, de pensamiento crítico. Ver a Rosario ahí, gigante e imponente frente a la multitud, es un recordatorio de que los buenos versos, la palabra y la memoria —esas que a veces nos salvan la vida o nos acompañan en un libro bajo el brazo de regreso a casa— son nuestras únicas trincheras contra la barbarie.

El contraste: Puertas cerradas y prioridades
Después de más de dos horas de comunión, las luces se apagaron cerca de la medianoche al ritmo de «La negra Tomasa». Pero el eco que retumbaba en las gradas no era únicamente de fiesta. Era la vibración de una sociedad que, a todo pulmón, le grita a su Estado que se niega a padecer de amnesia selectiva. Ni olvido a los desaparecidos, ni silencio ante las mujeres violentadas.
Lo que hicieron Caifanes y Rubén Albarrán nos ayuda a no dejar morir estas noches. Nos recuerdan que, en este México nuestro, alzar la voz cantando sigue siendo, por desgracia y por fortuna, un acto de pura, dura y necesaria resistencia. Especialmente cuando el clamor ciudadano choca de frente contra los acolchados muros de la indiferencia oficial.
Resulta imposible no sentir un nudo de frustración al contrastar la empatía popular y el abrazo público de nuestros músicos con la absoluta frialdad gubernamental. Hoy, Sergio Sarmiento lo puso sobre la mesa con una agudeza que duele, al final de su columna en Reforma:
«Dice la presidenta Sheinbaum que sí recibe a las madres buscadoras, pero en privado. Al pato Merlín, en cambio, lo recibió en público. ¿Se avergüenza de las madres buscadoras o no le sirven para sus propósitos políticos?»
La justicia no tiene madre, neta. Y al parecer, en este país, la empatía tampoco tiene audiencia pública en los despachos donde más se le necesita… pero qué tal los patos.
¡Para la historia inmediata!